A
su llegada a México, el escritor argentino Jorge Luis Borges «pidió un
favor» a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron
entonces un desayuno. «Pido clemencia -respondió-. Prefiero los
atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas
para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta
mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo».
Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.
Borges:
Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y
escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de
esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame
Jorge Luis.
Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
Borges:
Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro
letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de
mis predilecciones.
Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
Borges: Entonces no le ha ido tan mal.
Rulfo: ¿Cómo así?
Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
Borges:
Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se
llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospechoso
que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que
usted escribió sobre los de Comala.
Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario