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21.5.17

La lluvia malva



 
El día amaneció tan extraño que la ciudad andaba desconcertada. Casi mediados de mayo, cuando ya otros años aprieta la caló, con las avenidas iluminadas del malva  jubiloso de las jacarandas, translúcidas a veces por la intensa luz cenital del mediodía.

 
 Pero una borrasca retrasada deslizaba bandadas de nubes entre blancas, grises y ocres empujadas por rachas de viento y lluvias torrenciales. 


En minutos el limpio azul del cielo se colaba entre los bordes algodonosos de las nubes o los negros nubarrones preñados de amenazas gracias a la fuerza de un viento caprichoso que jugaba a destrozar paraguas.
 
 La lluvia se convirtió en una nieve malva que perfumó las calles y quedó depositada como una alfombra sobre las aceras. La gente disminuyó el paso como dudando si pisarla, pero el peso de la prisa de la vida cotidiana mezclado con la lluvia a raudales convirtió en barro sucio las huellas de las pisadas. 


 Durante horas las márgenes de las calles, de las aceras, guardaron el perfume luminoso, intacto, puro, como una nieve malva no pisada.