1.11.21

 

El tiempo y las horas.
Cada año dos veces experimentamos una alteración de la duración de los días y las noches. Al principio pareció una solución para mejorar el rendimiento del trabajo en el mundo entero. No voy a detenerme en los pros, los contras, las arbitrariedades, las desigualdades de paisajes, de lugares… Expertos hay para ello.
Me quedo con esa sensación de esta mañana en la que mi reloj seguía fiel a su trabajo y marcaba las 8, las mismas 8 de la mañana a las que mi cuerpo reaccionaba, abriendo los ojos, estirándose de gozo a lo largo de la cama, mientras una luz cada vez más tenue se filtraba por las rendijas de la persiana, esa que me gusta tener ligeramente levantada. Es un placer de jubilada, lo siento por las personas trabajadoras, abrir los ojos, como un impulso mecánico interior, justo a las 8, mirar el reloj para confirmar que no estás equivocada y, a continuación, comprobar que la luz va siendo más tenue cada mañana a medida que te acercas al invierno y que, de seguir esa tendencia, a las 8 será noche cerrada aquí, donde vivo, y al pie de mi ventana… Es la demostración de la teoría del movimiento de los planetas, de las estrellas, de las galaxias… del cosmos que aprendimos en la escuela
Pero… ahora que se ha impuesto alargar la mano en la penumbra para coger el móvil, imprescindible resumen mañanero de noticias desalentadoras para convencerte: “no te quejes, tú tienes mucha suerte, eres una privilegiada… así que cuídate y “no te expongas” demasiado". Pues eso, ahora das un salto de desconcierto en un primer momento porque tu móvil disiente de tu reloj, ese compañero que día a día se porta divinamente marcando el tiempo.
Pasado el susto recuerdas el mensaje machacón de los días anteriores: mañana cambian la hora: “A las tres serán las 2 de la madrugada” Y te viene la duda: haces caso a tu reloj y a tu cuerpo sincronizados? O al móvil controlador que ha subvertido el orden de la mayoría de las vidas? Antes, tú decidías si adelantar o retrasar tu reloj como un acto de rebeldía que duraba más o menos hasta que la comodidad se imponía. Ahora no tienes opción: el móvil ha cambiado la hora sin tu permiso, detiene los trenes, los autobuses, en estaciones siempre nocturnas, para no provocar altercados entre los pasajeros. Y me pregunto ¿Qué pasará en un hospital cuando una criatura está a punto de nacer? ¿Qué hora figurará en su ficha de nacimiento?... Cada año me pierdo en este laberinto porque provoca muchos desastres: hace más de 40 años una mañana lluviosa de domingo acudieron a mi boda la mitad de los invitados, el resto llegó una hora tarde cuando ya todo había terminado por culpa del cambio de hora. Y además, ahora, la rendija de la luz de mi ventana tiene que reajustarse porque ha olvidado el límite de la sombra de una hora antes.
El poder de estos controladores ajenos del tiempo no es nuevo, la historia está llena de amores de noches de tres días y de días sin noches para saciar las ansias de luchar, de matar, en batallas que marcaron lugares con nombres intemporales. Así el grito del Rey Fernando en la batalla por la conquista del reino de Sevilla en Calera de León. “Ten tu día”, gritó el castellano al sol y éste se detuvo todo el tiempo necesario hasta acabar con los enemigos. Hoy la sierra de Tentudía conserva el recuerdo en su nombre. ¡Qué dios tan terrible, que retrasa el descanso de la noche, para que la sangre de la guerra siga corriendo!
Juana G.. Linares 
 

 


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