27.8.20
Porel pueblo Saharaui
Esta
tarde concentración por el pueblo saharaui ante la sorprendente
resolución del Tribunal Supremo negando la nacionalidad a una ciudadana
saharaui, nacida cuando el Sáhara tenía la consideración de provincia
española
Homenaje a los presos franquistas
Homenaje a los presos franquistas que fueron obligados a construir el colector sur de Sevilla para evacuar las aguas residuales de Heliópolis. Allí se instaló el primer campo de concentración, Los Merinales. Hasta siete campos se ubicaron en los alrededores de la ciudad. Unos 250 presos a los que se condenó con estas palabras: "tendréis envidia de los muertos", anunciando lo que les esperaba.
Bécquer: La venta de los gatos
Así estuvo durante muchos años, cerrada, o con otras ocupaciones, la Venta de los Gatos, nombrada en una de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer
Bécquer
La placa dedicada a Bécquer en La Venta de los Gatos tras la pintura del dueño. Sin ningún pudor borró todo el texto. Para qué iba a dejar eso ahí si nadie sabía a quién se refería?
Placa homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer
Estado actual de la placa dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer en la Venta de los Gatos, en recuerdo de una de sus leyendas situada en ese espacio de Sevilla. La placa fue colocada en 1928 a iniciativa del escritor sevillano Manuel Díaz Martín.
En la placa, hoy tapada primero por la pintura del propietario, que sin ningún respeto la pintó ocultando su texto, y luego por los distintos grafittis descontrolados que impunemente cubren numerosísimas fachadas de la ciudad, dice (mejor, decía) : "En esta casita, en tiempos pasados venta andaluza ocurrieron las escenas célebres fiestas, de amores y tragedias que inspiraron al insigne sevillano, el gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer su famosa leyenda (La Venta de los Gatos). Los admiradores del poeta pusieron esta lápida para perpetuar y recordar este romántico recuerdo. Donada por José Suárez Durán, marmolista de esta casa. Enero 1928.
Han pasado eventos y conmemoraciones sobre nuestro poeta y, a pesar de las múltiples denuncias del estado de la placa a las instituciones, la desidia y el abandono sigue ocultando las huellas de su obra ante los ojos impasibles del cercano busto de Bécquer colocado a la entrada de la barriada de Las Golondrinas.
Flamencos en la marisma
A las 6,30 de la mañana estábamos en planta para buscar la bandada de flamencos que primaveraneaban en la Dehesa de Abajo, antes de seguir su camino hacia el norte. Pero la amanecida gris auguraba un día poco propicio para fotografiarlos. No obstante seguimos adelante y antes de las 8 ya estábamos acercándonos a la laguna. Las vacas pastaban tranquilamente el verde de su desayuno con las pezuñas refrescadas en el lodo húmedo de la pradera. Hoy, la marea baja, limitaba los bordes de la laguna y los flamencos, aún dormidos sobre una pata, se arremolinaban en el centro del espejo del agua. Los objetivos de las cámaras no alcanzaban a captar ni los contornos individualizados de cada pájaro. Menos mal que las cigüeñas, menos ariscas aguantan el tipo en sus nidos sobre olivos o grandes chaparros, como bloques de pisos o apartamentos, poniendo la nota sonora con el crotoreo de sus picos, y permitieron convertirlas en modelos.
Quisimos bordear la laguna, a pesar del calor que iba subiendo, del sudor y del hambre de los mosquitos que tuvieron con nosotros un desayuno de auténtico domingo. Y los flamencos huían, se alejaban, se volvían a agrupar y ya, aburridos de nuestra presencia que no les dejaba desayunar, todos a una alzaron el vuelo y descubrieron el rosa intenso entre sus alas solo visible para nuestro recuerdo. Las cámaras se quedaron con el objetivo abierto, entre los píxeles desconcertados y nosotros con el sudor del calor de las manos de pronto fuimos conscientes de que esta salida, por estas tierras, ya es inviable: veníamos buscando la primavera con sus amapolas y sus primorosas flores y nos encontramos ya a los terneros nacidos y el polvo marrón tras los tractores que preparaban el campo de los arrozales.
Alguien dijo a mi lado: Nos han robado la primavera durante el confinamiento
Tormenta
Cuando hasta los cielos se muestran negros, y el horizonte desaparece,
sólo nos queda mirar al lado,
sentirnos juntos,
acompañarnos,
y entonces
mirar al frente,
soplar muy fuerte,
alejar las nubes
y esperar la luz del sol,
esa que siempre,
siempre vuelve
La avena loca
La avena loca:
"Dicen que no hablan las plantas..."
Salid al campo, escuchad el crujido de sus tallos, el vuelo de sus semillas, el dulzor de sus abrazos... La blancura de su espiga, y el baile en medio de los campos
27 de abril 2020
27 de abril, no sé qué día llevamos ya de encierro. Llueve mansamente, llueve desde un cielo gris y tiñe de gris el aire, desdibujando los perfiles de las casas, diluyendo el paisaje como las lágrimas. Las ventanas con las persianas semi bajadas o con figuras de mirada perdida tras los cristales. La avenida sigue vacía, repetimos escenario de días y días. Las golondrinas, los mirlos, las tórtolas y las palomas esperan bajo los huecos de las terrazas con un parloteo bajito con sus congéneres de balcón a balcón. A las 8 de la mañana era una fiesta de bailes, gorjeos, vuelos libres por la plaza del cielo jugando a perseguirse como en los juegos infantiles.
Luego, sobre las nueve se cerró el parque y la lluvia fina, como una niebla vino avanzando de allá a lo lejos y los vuelos cesaron. De vez en cuando un paraguas cubre las figuras anónimas, desconocidos tras mascarillas blancas, negras o de colores.
Las sombras secuestradas han desaparecido y es difícil saber qué hora es. Solo los relojes ciegos, inmisericordes, siguen su curso insensibles a lo que pasa marcando el tiempo. Y el llanto persiste anclado en el alma, mientras las cifras de miles de muertos recuperan sus nombres: Antonio, María, Francisco, Lucía, Alberto, Soledad, Manuel, Raquel, José, Inés…. Así hasta miles y miles que se fueron solos, en estos días grises, sin saber muy bien por qué.
Y esta primavera festiva del sur se quedó encerrada en sus casas, tras las ventanas, mientras los cielos llovían y lloraban por los ausentes. El fondo, allá en el horizonte, aún sigue todo gris, sin saber hasta cuándo seguiremos así.
Pero es importante saber que no estamos solos, porque el miedo es el mismo y solo estando juntos podremos hacer frente a este dolor colectivo.
Sevilla, otra ciudad dormida
Las aceras añoran las voces, los pasos, las bicicletas, los jóvenes, las chicas, con sus mochilas…
La calzada sueña con coches, con motos, con ambulancias con sus prisas, a las órdenes de los semáforos, cada cual en su carril, obedientes, disciplinados
Pero hoy la ciudad vacía, sin movimiento, como la foto de un escenario de película, permanece en silencio.
La torre de Los Perdigones recuerda en un sueño los años gloriosos de las humeantes chimeneas u el semáforo, impertérrito, cambia de verde al rojo, y otra vez al verde con su disciplina mecánica impasible al desaliento.
En las fachadas se divisan rostros inmóviles pegados en los cristales de las ventanas a la espera de la desaparición de la peste que todo lo puebla. De vez en cuando un camión de limpieza riega las aceras, la calzada, con un desinfectante. Vuelve el vacío, ocupado con los cantos de los pájaros y el ladrido de algún perro a lo lejos. También tienen añoranza de amigos, los perros
La peste den Sevilla 2
"Rasgaba el corazón ver aquel breve distrito que hay de la Macarena al hospital, hecho una campaña de desdichas, unos agonizando, otros con frenesí, otros llorando y confesando a voces sus pecados (…) Impidió la justicia la salida de la gente de la ciudad a esta puerta, por pagar muchos con la vida hacer motivo de la curiosidad lo que debiera sólo serlo de la lástima y el escarmiento.
(…) creció la violencia de la epidemia entrando el mes de mayo, y ya casi toda la ciudad era un hospital, porque a la inmensidad de todos estados que se hería no bastaba la prevención del sitio destinado, aun fuera de la gente principal y caudalosa que no podía ser sacada de sus casas.
(…)para el cuerpo de la ciudad se dispusieron carros o carretones que continuamente no cesaban de recoger cuerpos muertos por las calles que conducían al campo de Tablada dónde está la ermita de San Sebastián que comúnmente llaman los Hoyos donde no había lugar de hacer tantos cuántos ocupaban los acarreados y aún con esto no bastó y se hubo de añadir carretas de bueyes. Sin esto dicho para desocupar las casas, porque no quedasen de noche los difuntos dentro, los llevaban a los cementerios y encima de Gradas y por las calles muchos de los que se caían muertos, y en portales. Lo más ordinario era encima de las Gradas o la Puerta del Perdón (de la Catedral) y a veces más 50, y a veces más, y pocas menos. Y a este respecto era en las demás collaciones”.
¿Se parece a lo que vivimos estos días? Pues han pasado 370 años
La peste en Sevilla
Volvemos a la epidemia de 1649 y sus efectos concretamente en Sevilla. Según cuenta el profesor Juan Ignacio Carmona, en su libro “La Peste en Sevilla”, editado en 2004, “hay suficiente información para hacer un seguimiento minucioso del curso de la epidemia de 1649 a lo largo de los 4 meses, desde abril a julio, que se dejó sentir con gran virulencia entre el vecindario. Son varias las relaciones y crónicas fiables que se conservan sobre dicho contagio(...) una de las más importantes Memorias de Sevilla de 1600 a 1678 cuya autoría no es fácil dictaminar aunque todo apunta a que el principal redactor del escrito fuese Andrés de la Vega vecino de Sevilla que regentaba en el año de la epidemia una tienda en la calle Francos (...) Como había sucedido en algún que otro caso precedente debido a su situación extramuros y al estar más en contacto en contacto con el transporte fluvial y el intercambio de mercancías, fue en el arrabal marinero de Triana donde inicialmente se empezó a sufrir el contagio con mayor violencia. (...)
El espectáculo macabro que se veía en el centro de afectados y en sus proximidades tuvo que ser realmente sobrecogedor (…) así se recoge en las Memorias de Sevilla:
“Muy en breve se armó un hospital y por la ayuda de muchas obras pías en el Hospital de la Sangre armaron muchas sillas que fueron conduciendo enfermos a dicho hospital y tantos que en poquísimos días recogieron 2000 más, que ocasionó que con morir tantos cada día, morían otros tantos en aquel campo, sin poder ser admitidos, que no había buque con ser tan grande el Hospital, que es de los mayores de España. Se llenó brevemente el hospital de enfermos. Asombraba ver los barcos llenos de heridos que para el cuarto de la cura traían de Triana. Los de la ciudad venían al principio en sillas, luego fue menester traerlos en carros, y tantos que cada parroquia tenía determinados los que necesitaba según la cantidad de los vecinos. Y aunque era el riesgo tanto, salía la gente a la puerta Macarena a ver la multitud de los que yacían en el campo esperando, o a que se les aderezase la cama, o a ocupar la de quien acababa de morir"(...)
Domingo de Resurrección 12 abril 2020
Como quien no quiere la cosa llevamos un mes encerrados en casa, en pleno estado de alerta mundial, mirando las calles por los balcones y ventanas mientras los medios de comunicación, radio, televisión e internet dan relación cada día de la cifra de centenares de muertos desconocidos y miles de contagiados que nos deja desconcertados. Las imágenes muestran la impotencia de médicos y sanitarios que empalman turnos y turnos sin poder acudir a todos los necesitados. Y los nombres pasan a ser números que trepan por las decenas, superan varias centenas y se aproximan al millar cada día por una línea que sube y sube mientras los expertos hablan de los esfuerzos para tirar de esa línea y doblegarla hasta someterla.
Siglo XXI, la ciencia ha llevado al ser humano a la Luna, ha sido capaz de recuperar el corazón de un muerto para devolver a la vida a un desahuciado. Es capaz de reproducir partes de un ser humano con sus células madre, puede cultivar alimentos sin tierra y obtener cosechas seguidas sin parar, puede conectar a seres humanos que viven en distintas partes de la tierra y ponerlos a hablar o verse en tiempo real,… Pero no puede frenar los efectos nocivos de un virus que ha roto las barreras de la medicina y ha puesto al planeta entero en cuarentena.
Hoy la ciudad aparecía vacía, era un escenario que ya hemos vivido en películas de ficción, y lo aceptamos sin rebelarnos dado el pánico que nos invade. He pasado por la puerta de la basílica de la Macarena y he visto las ofrendas de flores en su puerta y algunos mensajes escritos por fieles pidiendo protección a su Virgen.
Y de pronto he pensado en las distintas epidemias que han destrozado las vidas de la ciudad de Sevilla a lo largo de los siglos. Y he comprobado que los miedos, las incertidumbres, las reacciones, las respuestas siempre son las mismas. Por ejemplo la epidemia de 1649, según los estudios más recientes, se llevó al 46% de la población, al menos 60.000 personas. Los testimonios de la época resultan tan actuales que estremece solo leerlos.
Jueves Santo confinado
Las ocho de la mañana, cielo gris, anodino, inexpresivo, semejante a los últimos días. Calle vacía, ausencia de coches, ningún sonido que revele normalidad del día…
Las 10 de la mañana: no ha cambiado ni la luz, ni el cielo, ni el silencio. Muy de tarde en tarde pasa un zoooooonnnn de un coche aislado por la avenida. Ahhh, también el grito del que se gana la vida repartiendo bombonas de butano… nadie ha respondido a su oferta. Solo se ve, ensimismado, moviéndose por la avenida el antiguo gorrilla, con todas sus pertenencias en la mochila, su deambular por la calzada a la espera de algún coche que decida aparcar en los huecos libres.
Pero no es verdad el silencio. De pronto el oído descubre una variedad de sonidos extraordinaria: la de los pájaros. Y si prestamos atención podemos percibir matices, mensajes cifrados de unos a otros que se contestan o que forman parte de complejas conversaciones. De vez en cuando dos palomas dejan su zureo del alféizar de una ventana y cruzan el espacio hasta la copa del árbol persiguiéndose, zigzagueando en el cielo, como en un juego o en un cortejo.
Los mirlos negros, de pico amarillo, bajan confiados hasta el suelo y alternan sus cantos, de multitud de registros, en melodías cercanas, mientras saltan de los naranjos a la esbelta palmera, esa que mueve las puntas de sus ramas con elegancia exquisita, a ver si se apiadan de ella y no le cortan la vida.
Y los gorriones, y las tórtolas, y los vencejos y las cotorras, y seguro que más especies que yo no conozco, protagonizan la banda sonora de este Jueves Santo insólito, sin bulla, sin túnicas de nazareno, sin lágrimas de emoción, sin escalofríos envueltos en música, sin olores de incienso, de azucenas, de rosas y claveles. Tal vez estaban ahí esos cantos de pájaros cada día, pero estaban amortiguados por la urgencia del momento: el ruido de los coches, el canto de las sirenas de las ambulancias, los estertores de los camiones de la basura, las discusiones de los gorrillas, o el martilleo acompasado de un albañil en la remodelación de una de las casas de los alrededores… De la vida cotidiana
Lluvia 01 de abril 2020
Llueve, llueve a raudales bajo un cielo gris plomizo, iluminado a veces por un rayo inesperado seguido de un trueno como un choque de piedras en un descampado.
Llueve como una lluvia rabiosa de infancia, con la angustia de mi madre aterrorizada apagando las luces, cubriendo los cuadros, escondiendo las tijeras, subiendo los pies a la tarina del brasero y abrazándonos a mi hermana y a mí mientras una y otra vez musita “santa Bárbara bendita…”y no recuerdo más… así acurrucadas en unas tardes de tormenta, siempre era por la tarde, no sé por qué, y el cuarto quedaba en una penumbra donde permanecíamos escondidas para que la tormenta se olvidara de nosotras.
Luego, poco a poco el torrente de agua bajaba su ritmo, pasaba a lluvia serena, mansa, como arrepentida o calmada y poco después la lluvia era imperceptible, fundida con las voces vecinas, más valientes, de quienes asomaban sus cabezas por el postigo de la puerta y comentaban el caudal de agua que pasaba por la calle empedrada precipitadamente hasta engrosar los ríos de las calles más bajas.
Mientras escribo esto he sentido el corazón de mi madre latiendo apresuradamente por el miedo al horror de la tormenta, de los rayos, de los desastres de una naturaleza desatada.
Pero aquí, ahora, tras mi ventana, el gris del cielo se ha ido tornando en nubes blancas, algodonosas, que dejan paso a un azul intenso, limpio, con la luz tímida, tremulante, reflejándose en las fachadas laterales. La lluvia ha cesado, quedan algunos charcos de testigos de la rabia del cielo y algún coche pasa y produce unas alas hermosas con el agua de las calles.
El deshielo
El deshielo.
"Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir." (G. García Márquez." Cien años de soledad")
Gotas 4º día de aislamiento
Día gris, amanece más tarde, como sin ganas;
lluvia intermitente,
más bien impertinente, que no sabe qué hacer
en un momento se anima
y cae un chaparroncillo informe
que deja colgadas unas gotas en los aleros,
en otro se para y el espejo de los charcos
se evapora dejando oscuro cerco
en el gris del asfalto.
Algún autobús pasa, casi vacío,
por la avenida desierta.
Hoy el conductor tiene que frenar…
más de la cuenta
para ajustarse al horario.
Terminará la vuelta tan rápido que,
oh paradoja,
por exceso de celo o de velocidad,
los pasajeros llegarán tarde al trabajo.
Las nubes, tan lentas, que no modifican
el cuadro gris de mi ventana.
Solo las hojas livianas
de nuestra palmera sentenciada
se agitan suavemente
cuando las cotorras
disputan el sitio a las palomas.
Con las ventanas cerradas,
las calles vacías y el cielo turbio
la ciudad anodina, mortecina,
intemporal,
abandonada hasta por los gorrillas.
Solo el miedo, invisible enemigo,
impone el silencio,
el toque de queda
en los países más altivos,
más ricos,
más prepotentes, más protegidos…
Ahora se comprende a los refugiados
que buscan un lugar libre de guerras,
libre de angustias,
que abandonan sus casas,
abandonan sus tierras.
Y nos preguntamos a dónde huir,
dónde refugiarnos de este pánico intangible,
A lo lejos un eco como respuesta:
en el fondo de nosotros mismos.
¿Seremos capaces de sobrevivir?
La peste 3
"No sé si os parecerá a vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo.
—Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir. Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente, yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado esta buena compañía, pensando en la continuación de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre nosotros a alguno como más principal a quien honremos y obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba a la elección de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y disponga (…)
—Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar deleite (...)
Peste 2
De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendí aunque les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían (…)"
La peste
Días convulsos los que estamos viviendo. Días históricos que nos colocan ante una situación desconcertante que nos sobrepasa, nos aturde y nos transforma. En nuestra sociedad, esta generación nacida en el período democrático, no hemos vivido ninguna situación así directamente. Por eso aparecen reacciones, comportamientos, que nos sorprenden a nosotras mismas: el miedo, la incertidumbre, el caos, el exceso de información alarmista o todo lo contrario... Y en el desconcierto el egoísmo, la huida, el individualismo... Pero también la generosidad, la entrega, el altruismo más absoluto ofreciéndonos en cuerpo y alma para ayudar como sea... Y de pronto nos dicen que tenemos que parar, encerrarnos en casa y esperar a que pase el chaparrón. ¿Será suficiente o estamos en un callejón sin salida? Lo que sí es cierto es que situaciones semejantes han pasado en la historia e incluso están pasando en otras partes del mundo de forma más terrible como están viviendo la gran cantidad de refugiados que huyen de la guerra y la muerte directa en su país y que dejan sus vidas en el mar o ante las fronteras de unos países que les cierran las puertas y los tratan como apestados.
Vuelvo a lo que quería escribir: en el siglo XIV la ciudad de Florencia vivió el período más duro de su existencia con la peste bubónica... En el Decamerón, obra de Giovanni Boccaccio, se plantea la necesidad de sobrevivir a la misma: 10 jóvenes, 7 mujeres y 3 hombres deciden no hablar de la peste y ocupar los días de aislamiento contando cuentos. El resultado es esta recopilación de cuentos que convirtieron a Boccaccio en autor consagrado en nuestros libros de literatura.
Puede ser una buena propuesta hacer una lectura atenta de esta obra e incluso escribir unos relatos de nuestra actualidad que nos ayuden a conjurar nuestros miedos y angustias al mismo tiempo que nos hagan sentir acompañados aunque sea a través de estas redes virtuales. ¿Quién se anima?
15.12.19
Cristina García Rodero en La Laboral de Gijón. XVI Encuentros Fotografías 2019
Evocaciones en "La Laboral" de Gijón
El autobús sale de la ciudad, atraviesa nuevas urbanizaciones que pronto cubrirán todos los prados y bosques que ahora están salpicados de vacas.
El muchacho mira por la ventana anhelante. Tiene 12 años y ha dejado a su familia en un pueblecito del interior, con el corazón desconcertado. El maestro del pueblo ha convencido a sus padres para que el chico deje el destino de campesino porque es un chico muy despierto, muy curioso y puede ayudar a la familia con un sueldo más alto en una fábrica o en una empresa como secretario. El chico recuerda las últimas palabras del padre mientras le abrazaba: recuerda quién eres y aprovecha esta oportunidad de salir de esta vida. La madre contiene las lágrimas mientras le arregla la ropa, lo peina una y otra vez y le dice con voz entrecortada: abrígate bien, no te mojes los pies que luego ya sabes que te duele la garganta. Escribe, hijo, escribe.
El autobús llega a una enorme explanada y el muchacho se ve rodeado de cientos de chavales desconocidos que miran sobrecogidos el enorme edificio que se levanta ante ellos, el más grande de España, dicen. Para el muchacho cualquier edificio será el más alto de España porque no conoce otro… La Laboral de Gijón.
Hace frío, el muchacho agarra las solapas de la chaqueta de los días de fiesta que su madre le ha arreglado alargando las mangas pero que ya le queda estrecha "hijo, creces muy rápido", recuerda las palabras de su madre. Aprieta la mano en la garganta y encoge los hombros para esconderse en la masa de esos muchachos tan perdidos como él.
En medio del tropel de piernas al aire con pantalones cortos, se deja llevar hasta una enorme puerta, altísima, con una reja hasta arriba, en medio de una pared larga, con muchas ventanas.
Sus ojos acostumbrados a techos bajos, habitaciones pequeñas donde se compartían las tareas, se sienten perdidos ante estas dimensiones: un techo acristalado por dónde se ven pasar rápidamente las nubes que amenazan lluvia. ¿No se romperá ese cristal cuando llueva o caiga el granizo, ese que él conoce bien en su pueblo que destroza las cosechas?, se pregunta el muchacho.
Antes de resolver sus dudas oye unas voces de mando que van dando instrucciones para ordenarse en un gran patio central por filas y por altura. Preocupado por no llamar la atención, ha escuchado atentamente las órdenes y ha ido siguiendo al que tenía más cerca de él y que también le miraba desconcertado con sus ojos grandes y sus orejas rojas por el frío. Hasta que no estaban todos en orden y en filas no ha sido consciente del espacio en que se encontraba: un enorme cuadrado rodeado de pórticos anchos en los tres lados y un enorme círculo con una torre muuuy alta que sería la iglesia.
El tamaño de las columnas, de la torre, de los pasillos era taaan grande que la congoja que invadía su pecho no aguantó más y sus ojos se llenaron de lágrimas.
El recuerdo de su casa, su madre y sus hermanos le atenazaba y no podía contenerse. De pronto esas nubes oscuras que amenazaban el horizonte se apiadaron del muchacho y una lluvia fina empezó a caer confundiéndose con sus lágrimas.
La precipitada lluvia obligó a deshacer las filas y todos los chavales se refugiaron corriendo en los soportales y un griterío unánime transformó los llantos en gritos y risas mientras chapoteaban en los charcos
Mientras esperaban que dejara de llover se quedó al lado del chico de ojos grandes y orejas rojas de frío. Su aire de desamparo, tan parecido al suyo, fue suficiente para unirlos y convertirlos en amigos. Las preguntas que cada uno se hacía, cómo serían las clases, qué tendrían que estudiar, dónde dormirían… Aparecían en sus bocas en un afán de calmar sus angustias infantiles y aventuraban respuestas insólitas. Mirando desde los soportales la ancha plaza vacía parecía más hostil, más misteriosa a medida que pasaba el tiempo y las nubes no dejaban de soltar agua.
Poco a poco las órdenes de los sacerdotes que administraba aquel ejército de chavales desconcertados fueron llegando a todos. El muchacho no sabían porqué pero terminó en una fila, junto con el compañero de los ojos grandes, que seguía a uno de esos sacerdotes vestidos de negro. Subieron en silencio una escalera de piedra que iba dando la vuelta hasta el primer piso. Allí, puertas iguales de un largo pasillo conducían a una gran sala llena de camas alineadas en las paredes laterales. Entre cama y cama unos armarios con puertas cerradas y unas estanterías. Encima de cada cama había un montón de prendas que sería el uniforme de todos los escolares durante el tiempo que pasarían allí.
El muchacho nunca había tenido tanta ropa, un mono para trabajar en los talleres, una camisa con jerséis para la clase; una chaqueta para los domingos y la misa, unas botas fuertes para los talleres y unos zapatos más ligeros para las fiestas. Además hay un cepillo de dientes que el muchacho no sabe cómo se usa, y un peine, además de una toalla. Tendrá que observar detenidamente qué se hace con el cepillo porque no se le ocurre preguntar al respecto y para no ser sorprendido por su torpeza. Se incluye una muda de ropa interior con sus calcetines nuevos. La mayoría de los chavales deshacen los montones de ropa y empiezan a probarse todo el equipamiento en medio de una excitación que les hace ir subiendo la voz hasta convertir la sala en una algarabía emocionada.
La llegada del sacerdote tutor de la sala hace el silencio instantáneo. Rápidamente la ropa vuelve a estar ordenada y guardada en los armarios antes de bajar a cenar al enorme comedor. El muchacho vuelve a recordar a su madre y sus hermanos, sentados alrededor de la mesa de la cocina con el plato de sopa y el pedazo de pan de cada noche. La mesa corrida, con cubiertos y platos bien colocados se llenarán de una sopa caliente extraña para todos pero a la que pronto se acostumbrarán. Y luego un segundo plato con carne, pescado, verduras o huevos. Los ojos del muchacho de orejas rojas se agrandan aún más y la boca de asombro se torna en una risa nerviosa, como si no se lo creyera. En la cocina de su casa la sopa era más escasa; eran muchos hermanos y la situación se había complicado tras la muerte de su padre en uno de los derrumbes de la mina donde trabajaba. Todos los chavales que estaban allí tenían en común ser huérfanos. Prácticamente todos habían perdido a sus padres en las minas o en los alrededores y las familias habían quedado durante un tiempo bajo la protección de la empresa minera, pero luego, si los hijos eran pequeños y no podían trabajar en la mina, la situación se complicaba y los gastos aumentaban. Por eso la creación de este orfanato para los niños más necesitados y más listos fue un alivio para esas familias al ver cómo uno de esos hijos sería educado y aprendería un trabajo que serviría para ayudar a la familia.
Después de la cena atravesaron nuevamente la plaza para ir a los dormitorios. Había dejado de llover, la tenue luz alargaba las sombras y cada uno caminaba cabizbajo, quizás recordando a su familia, con el corazón encogido mientras las nubes pasaban veloces. La silueta oscura de la iglesia y la altura de la torre parecía un puño amenazante a punto de cernirse sobre ellos. El muchacho de ojos grandes se agarró a él y le empujó para atravesar rápidamente la plaza y correr al dormitorio para sumergirse bajo las mantas mientras echaba de menos a su madre…
3.11.19
El tiempo robado
Salas de espera
horas y horas vacías
relojes hipnóticos
silencios turbios
miradas tristes.
¿A dónde van los ríos de tiempo perdido?
Una línea roja en el suelo anestesia
y se lleva las prisas
Te agacha la cabeza,
te atonta,
te humilla como a las gallinas,
obligadas a seguir la línea del suelo
sin levantar la vista.
De vez en cuando pasan sombras sin nombres
siguiendo la línea…
Y el reloj imparable
devora las horas que las sombras dejan,
olvidadas,
en oscuras salas de espera.
Juana G. Linares
horas y horas vacías
relojes hipnóticos
silencios turbios
miradas tristes.
¿A dónde van los ríos de tiempo perdido?
Una línea roja en el suelo anestesia
y se lleva las prisas
Te agacha la cabeza,
te atonta,
te humilla como a las gallinas,
obligadas a seguir la línea del suelo
sin levantar la vista.
De vez en cuando pasan sombras sin nombres
siguiendo la línea…
Y el reloj imparable
devora las horas que las sombras dejan,
olvidadas,
en oscuras salas de espera.
Juana G. Linares
Etiquetas:
Meditaciones,
sala de espera
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















































