28.8.20
Dignidad 3
Habíamos emprendido la ruta al Faedo, una promesa de frescura según los folletos de turismo, pero el sol estaba bien en lo alto ya. Después de algo más de una hora caminando al lado del cauce seco de un riachuelo y aunque el camino era fácil y llaneaba todo el tiempo, no veíamos más que algún caballo suelto pastando y las rapaces revoloteando por encima de las paredes desnudas que bordeaban el cauce. Era el camino a las minas de carbón que se encontraban a unos cuantos kilómetros más. Un túnel cerrado ahora y unas vagonetas herrumbrosas eran las muestras de aquellos años cuando eran utilizadas para transportar a los mineros hasta el pozo que les conducía a 600 metros de profundidad para extraer el carbón.
Un letrero señalaba la dirección del Faedo cuando ya dudábamos de encontrarlo. Y de pronto, como una aparición, salió de entre unos zarzales un hombre de unos 70 años, con su atuendo de avezado montañero, su bastón, su gorra, sus botas firmes y…su mascarilla reglamentaria en estos días de Cobid. “Muy buenos días… qué? Al Faedo? Sí, sí, por aquí… yo les acompaño. Esto me lo hago yo todos los días…” y empezó una conversación que nos condujo a conocer la dolorida historia de la comarca minera. “Manuel, a secas, minero, ese es mi nombre y aquí todo el mundo me conoce”. Manuel es natural de la comarca, minero durante más de 30 años, hijo de minero y padre de minero, curtido en las luchas de los años 80 y 90 cuando la reconversión industrial de toda la zona norte del país fue contestada con numerosas huelgas.
(continúa)
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